Y él se fue. Se fue de noche, se fue hace días pero aun siento sus mordiscos en mis pechos y su lengua cálida por mi vientre.
Él ya se marchó, su olor se fue con él pero dejó sus arañazos en mi espalda y en mi cabeza su nombre. Recuerdo la última vez que grité ese nombre, estaba en la cama con su dueño. Lo até durante toda la noche, para que no se escapase, pero el único nudo del que soy experta es el de mi garganta cuando me mira.
Y se escapó, se escapó de entre mis brazos y dejó ese vacío que ahora acaricia mi espalda desnuda. Ese vacío que ahora me besa con ternura. Ese vacío que en medio de la soledad, irónicamente no parece tan vacío.

No hay comentarios:
Publicar un comentario